lunes, 21 de diciembre de 2020

 ESPÉRAME.

Te dije “No voy” y la frase me sonó imponente, porque –por primera vez– estaba defendiendo mi vida como un territorio privado, en el que solo podía entrar quien yo eligiera. Te dije “No voy” y sentí la liberación de no tener que viajar en Navidad, de soportar las aglomeraciones de la estación (cuando sufres una, la sensación parece multiplicarse con todas las demás que abren los telediarios), de ponerme vestido, medias y zapatos de tacón, porque esa es la costumbre familiar, aunque suponga pasar frío; de comer poco y cocinar mucho. A pesar de todo, quizás me quedara algo de remordimiento, por eso, añadí: “Ya iré en Semana Santa o antes, porque tengo días de vacaciones que este año no me he tomado; ya sabes, demasiado trabajo en la oficina, ahora que se han jubilado dos compañeras”. La línea telefónica, siempre tan fría, me transmitió, sin embargo, tu sonrisa cálida y comprensiva, que yo interpreté como que no me creías, que seguía siendo una niña caprichosa que necesitaba rebelarse de vez en cuando. Me enfadé y volví al inicio: “No voy. Nos veremos más adelante”. Pero más adelante fue tarde y lo poco que supe de ti durante tus últimos días de vida fue gracias a una enfermera que me informaba de la mejor manera posible de que te estabas apagando.

Este año aprendí que hay costumbres familiares que son un auténtico ritual bajo el que se esconde la seguridad con la que hemos crecido, que podemos cuestionarlo, ridiculizarlo e, incluso, renegar de él; pero cuando nos rodea, nos hace sentir que pertenecemos a una pequeña comunidad, hecha de amor y cuidados. Aprendí que decir voy, es decir me importas;  que, a veces, la vergüenza para confesar que amamos viene envuelta en un almuerzo copioso preparado con la mejor sonrisa.

Hoy daría cualquier cosa por regresar a esa conversación telefónica y decirte feliz: “Espérame”.

martes, 15 de diciembre de 2020


 EL ESPÍA Y LA ADOLESCENCIA.

Tenía yo catorce años cuando gané un premio literario escolar, que consistía en un lote de libros. Entre Machado, Gloria Fuertes, Juan Ramón Jiménez y algunos otros que integran lo más entrañable de mi modesta biblioteca, emergió este desconocido, audaz, elegante, sensible y con buen humor.

Le Carré me condujo por un laberinto de calles, de emociones y de pensamientos que, a mi edad, comenzaba a descubrir. Era el tránsito de la infancia a la adolescencia, la definición de gustos e inclinaciones, el dictado de los progenitores y la rebeldía…; la rueda de la vida, girando incansablemente. La mano de Le Carré alentó el espíritu aventurero que nadie hubiese presupuesto en mí y abrió un mundo de lecturas que vendrían a continuación y que no estaban entre las “establecidas”.

¿Alguien podría imaginar un desafío mayor que leer un libro que no parece pensado para ti?

 

viernes, 30 de octubre de 2020

 ESCALERAS DE LA INFANCIA (II)

La niña no sabía nada de redes sociales, aunque sí conocía ya la sensación que producía tener seguidores: la satisfacción de que unas personas le prestaran atención y la decepción por verlos marchar  a sus quehaceres al cabo de unos minutos. Entrar y salir de la vida de otros se le daba bien, pero le causaba un cierto desánimo. Quizás, sin poder ponerle nombre, nacía en ella el deseo de vivir a través de los demás. 

De todas las vecinas, Matilde, la del primero, parecía la más fiel; no había día que no se asomara al hueco de la escalera y la llamara ansiosamente. En realidad, no quería saber de la niña, sino tener a quién contarle lo caro que se estaba poniendo el pescado o lo poco que había dormido esa noche. La mayor parte de las veces, la niña conseguía distraerla con sus ideas infantiles, describiéndole cómo era el cielo desde su balcón o preguntando si en Navidad harían juntas los pestiños. Sin embargo, en otras ocasiones, Matilde la miraba sin verla, como si estuviese ida, y le hablaba de su difunto marido, al que, unos días, atribuía una muerte heroica ("Jacinto era un gran hombre", decía, henchida de orgullo) y, otros, un fallecimiento por despiste ("Jacinto andaba siempre en la luna", concluía cuando quería hacer pagar al esposo que se hubiese muerto sin ella). Ante esas luctuosas peroratas, la niña callaba y, con su sabia intuición de niña, se preguntaba si a Jacinto le gustaría estar ausente de aquella vida rutinaria. Después de todo, la ausencia era como un cristal bien limpio: siempre se veía desde ambos lados. 

miércoles, 28 de octubre de 2020

 ESCALERAS DE LA INFANCIA (I)

Cuando las escaleras dejaron de ser protagonistas para convertirse en escenario, siguieron reclamando su importancia. Al menos, para la niña, que, si se aburría en casa, salía al descansillo a hablar con quien bajase o subiese; igual le daba parar a quienes iban en un sentido o en otro. No hacía falta ninguna fórmula de cortesía, bastaba una palabra para que Engracia, la del tercero, se detuviera un momento al oírla, y le regañara por ensuciarse la ropa sentándose en un escalón, o bien, Felipe, el del quinto, le preguntara si no tenía nada mejor que hacer. La niña era zalamera y curiosa, una conjunción a la que difícilmente podían resistirse la mayoría de los vecinos, de modo que, casi siempre, le daban un rato de conversación. Hasta que, repentinamente, la niña recordaba que había dejado algo por hacer o desde el interior de la vivienda, le llegaba la voz de su madre, siempre dispuesta para añadir un encargo a otro, sumando tardes y mañanas de sábado, tirando del calendario hasta que la niña creciera y fuera ella quien se ocupara de la madre. Porque así eran las escaleras: los que subían, bajaban.

Continuará...

jueves, 11 de junio de 2020

EL PARQUE Y LA MAMPARA

Estábamos sentadas en el parque. Hacía una de esas mañanas luminosas, de cielos azules y nubes blancas y esponjosas, que han inspirado a tantos poetas. Un rayo de sol te atravesaba el pelo y dormitabas plácidamente. Tu tiempo estaba detenido, sin expectativas ni obligaciones que cumplir; el mío esperaba en la puerta, severo, pero a raya, porque sé bien cuáles son mis prioridades.
Éramos felices las dos, de ese modo incomprensible en el que lo somos cuando todo está perdido, cuando se han entregado las armas y, sin embargo, hay un reducto o una alameda en la que sentarse con las manos cogidas a ver revolotear los pájaros, mientras se aguarda el veredicto.
"Vendré el sábado", te dije, pretendiendo poner en ti una ilusión infantil, marcar en el calendario una fecha, ahora que todos los días parecen el mismo. Y nos dimos un beso: el mío, puesto como un sello en tu frente; el tuyo, un poco titubeante, pero todavía reconocible. Te miré después y, a pesar de todo, me dije que debía dar las gracias, porque estabas bien atendida y podíamos pasar tiempo contigo casi todos los días. Quise que esa serenidad no se acabara, que el final fuese esa foto fija.
Han pasado tres meses en los que las videollamadas han hecho imposible mantener el hilo que nos unía, que te sostenía. Ahora, en el triste encierro de una habitación, separadas por un cristal, mascarillas, bata y guantes, es imposible traerte de vuelta. Estás pálida y ausente, más aislada de lo que hayamos podido estarlo los demás durante el confinamiento. Estás ahí, pese a las muertes que ha habido en todo el país y al abandono miserable de las residencias de mayores. La solidaridad con las víctimas y sus familiares no impide sufrir porque ya no eres tú.
Me siento a pensar si hemos aprendido algo, si nuestras prioridades cambiarán. Tengo dudas: ya se puede hacer deporte, reuniones familiares y ocupar las terrazas de los bares; sin embargo, tú sigues resguardada entre muros y mamparas, lejos de la luz del sol y del cariño de tus hijos. A salvo de la muerte y de la vida.

lunes, 25 de mayo de 2020

¿ME ESTÁS ESCUCHANDO?

La normalidad no era tan maravillosa. Cuando hablamos de volver a ella hemos olvidado las jornadas maratonianas: madrugar, atender el trabajo, los hijos, la casa, llenar la nevera, ver a los abuelos los fines de semana, estar con los amigos, no perderse el último estreno de cine...Cada una de estas actividades llevaba consigo desplazamientos en coche, con los consiguientes atascos y nervios, desavenencias por quién y cuándo va adónde y, especialmente, convertía en igual de importantes a todas ellas. El confinamiento ha demostrado que no era así. Tocaría ahora reasignar el orden de prioridades; comprender que dedicar tiempo a los hijos (¿cuántas veces pensábamos en otra cosa mientras uno de nuestros hijos nos decía "mamá, ¿me estás escuchando?"), a la pareja (¿cuántas veces pensábamos en otra cosa mientras nuestra pareja nos decía "cariño, ¿me estás escuchando?") y a nuestros mayores (tan necesario ese diálogo entre generaciones) es abrir una vía de enriquecimiento personal a través de los cuidados. Deberíamos haber aprendido ya que cuidarnos nosotros y a quienes nos rodean es la base de una sociedad más próspera. Siempre y cuando, claro está, el concepto de prosperidad no lo dicten los mercados.
Por ejemplo, hemos descubierto en este tiempo de reclusión en casa que la cultura es mucho más que entretenimiento, es conexión con el pensamiento y emoción de los demás, una ventana hacia el mundo exterior que nos demuestra que no estamos solos.
Pasar un rato al aire libre se ha convertido en un lujo y, sin embargo, era (sigue siendo) necesario para nuestro equilibrio emocional y para mantenernos en relación con las fuerzas de la naturaleza que mueven el planeta y a las que nos hemos empeñado en enfrentarnos, en lugar de buscar la armonía con ellas.
Ahora nos toca volver, pero a nosotros mismos; cultivarnos, recuperar la conciencia de que formamos parte de una misma civilización, que el individualismo está poniendo en riesgo. Porque si perdemos el sentido del bien común, de que las acciones individuales afectan en mayor o menor medida a los demás, todo lo bueno que hemos construido se perderá.

miércoles, 20 de mayo de 2020

LA CABAÑA SIN CONEXIÓN

Síndrome de la cabaña es el nombre que los expertos dan a la falta de deseo por abandonar el confinamiento. Al parecer, se están dando casos frecuentes de personas que no quieren salir de sus casas, ni siquiera en los horarios establecidos ni para las actividades permitidas. El estrés, el ruido, las prisas, la angustia por "llegar tarde donde nunca pasa nada" (aquella canción de Serrat), ha quedado fuera de los muros de la vivienda, mientras, en el interior, la vida parece suspendida. Es una sensación de amparo y tranquilidad, que dice mucho del tipo de vida que habíamos llevado antes de la pandemia, sin tiempo para lo verdaderamente importante. Reencontrarse con uno mismo; poner en orden, no solo los altillos, sino también nuestros afectos y nuestras prioridades, pueden haber causado un efecto muy positivo.
Pero también, nos ha permitido comprender que los mayores son un reflejo de lo que seremos (si llegamos), la etapa más dura de la vida, no el resultado de un desecho; que los hijos son una responsabilidad nuestra y que en la escuela se forman, pero deben educarse en casa; que los vecinos, con sus martillos y el volumen de su televisor, no son tan distintos a nosotros; que conciliar el teletrabajo con los estudios de los hijos sin un ordenador en casa no resulta nada cómodo. Saber, en fin, que todos tenemos frustraciones y esperanzas, y derecho a lidiar con unas y alimentar las otras. Somos, en definitiva, una infinita variedad de emociones, preocupaciones y errores, y (como si fuera el cuento de Aladdín) hemos regresado a la lámpara (más pequeña o más grande), con la oportunidad de pulirnos, pero también, de darnos cuenta de que estábamos enganchados al tren de la vida por los pelos.

En cada una de las cabañas que componen nuestras ciudades, seguimos luchando por no quedarnos atrás en un mundo que está dispuesto a expulsarnos a la más mínima oportunidad.







jueves, 14 de mayo de 2020

Elvira Lindo. A corazón abierto

ELVIRA LINDO. A corazón abierto. Seix Barral.

En una historia bien contada (como esta) caben muchas historias. De modo que, cuando la autora afirma que quería escribir sobre la relación de sus padres, escribe también sobre las relaciones de pareja en los años sesenta, cómo se forjó la clase media, el esfuerzo y el tesón de los que se quedaron en la posguerra y dieron vida al país. 
La novela refleja la mirada comprensiva de una adulta a la niña que fue, la que experimentó la enfermedad y muerte de su madre a temprana edad y, mientras comenzaba su vida independiente, sufría el inevitable distanciamiento que supone crecer. 
A lo largo de la novela, Elvira Lindo contempla los miedos y debilidades de un hombre que ocultó a su familia las heridas de la infancia para proporcionarles una vida feliz.
Con humor y personajes entrañables, la autora nos ofrece una mirada curiosa hacia sus progenitores, pero también, un ejercicio de reconciliación con el pasado.

miércoles, 4 de marzo de 2020

POBREZA CONTAGIOSA

La pobreza se contagia, según enseñan los manuales de supervivencia. 
En la sociedad actual, carece de sentido que los pobres de la Tierra se unan para alcanzar un mundo mejor y, al propio tiempo, demostrar a quienes más tienen, que es necesario repartir la riqueza y que "ser uno de los desfavorecidos" no es cuestión de mala suerte, sino el fruto de unas estructuras que impiden el paso a quienes menos tienen, privándoles de oportunidades educativas, laborales, etc. Nadie apuesta por cambiar el mundo, por poner sensatez y humanidad en esta selva en la que lo hemos convertido. No se lucha para que haya agua para todos, sino por estar lo más cerca posible de la fuente, impidiendo que otros se acerquen.
En la pobreza existe una escala, como nos han enseñado desde Grecia en estos últimos días,
y nadie quiere bajar un escalón, aunque se trate de ayudar al prójimo. No sirve de nada pertenecer a esa vieja ilusión llamada Europa, puesto que también sus instituciones parecen apostar por sus propios pobres, dando la espalda a los demás.  No todos pueden llamarse pobres europeos, esa etiqueta está reservada.
Al viejo dicho "Siempre ha habido ricos y pobres", habría que añadir que nunca tantas clases de pobres como ahora.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

ESPERANZA Y UN TROZO DE PAPEL


Hay nuevos pueblos bonitos en España (según una reciente publicación, son quince); no se sabe si se han sometido a algún tipo de restauración o acaban de ser descubiertos. Alguien sin nada mejor que hacer ha publicado un estudio (¡madre mía, cuánto estudio innecesario!) aseverando que hay personas que han dejado de ducharse a diario. No hacía falta ningún estudio, bastaba con usar el transporte público con frecuencia o hacer cola en cualquier oficina bancaria o de correos. Tenemos espías en el siglo XXI, mujeres rubias, altas, que usan tacones de quince centímetros y se dejan entrevistar tranquilamente, mientras hablan de su último cliente, un productor de fama mundial que va a sentarse en el banquillo acusado de violación. Lo que no tenemos todavía es Gobierno; al más puro estilo de una comedia de enredo, entran y salen de una habitación, se hacen fotos, anuncian posturas enconadas y, al día siguiente, acercamientos sobre no se sabe qué extremos. Debe ser muy dura la vida de un político, haciendo todo lo posible por convencer a sus votantes de que lo prometido no es ninguna deuda, sino un lastre que no podrá cumplir, una legislatura más.
Los periódicos digitales no traen ninguna otra noticia de "interés"; tendré que esperar al domingo para ver las lágrimas de los premiados en la lotería de Navidad y la cara de circunstancias de aquellos que no compraron, pero se dejan mojar por el champán una fría mañana de diciembre. Al menos, ellos han sabido mantener la esperanza en un trocito de papel.

lunes, 2 de diciembre de 2019

LUIS LANDERO O LAS PALABRAS INOCENTES


LLUVIA FINA. LUIS LANDERO. Tusquets Editores
A Gabriel se le ocurre celebrar el 80 cumpleaños de su madre invitando a cenar a las dos hermanas, Sonia y Andrea, con sus respectivas parejas, además del ex marido de Sonia, con quien la madre siempre mantuvo una excelente relación. La idea de Gabriel de recomponer las maltrechas relaciones familiares se ve muy pronto asaltada por numerosos inconvenientes y la nula colaboración de sus hermanas, que se encargan de ilustrarnos sobre todo tipo de desventuras con las que justifican su falta de interés en el encuentro. Aurora, esposa de Gabriel, se convierte en la destinataria de las confesiones de las dos hermanas, que la hacen partícipe de sus decepciones y de su particular visión sobre la historia familiar. Además, Aurora es la depositaria de las esperanzas de Gabriel, a quien intenta advertir de que es mejor dejar las cosas como están.
Desde el inicio, advierte el autor de que “las historias y las palabras no son nunca inocentes”, que “los relatos no son inofensivos”. Estas premisas sirven tanto para el puzle de narraciones que va haciendo cada personaje sobre sí mismo y sobre los demás, cuanto para ser aplicada a la novela en su conjunto. Porque la apariencia sencilla de la narración esconde una mirada amarga hacia las relaciones personales, la imposibilidad de comunicar, a pesar del abuso de la palabra, que sirve para defenderse y para herir, ocultando los verdaderos sentimientos.
            Landero ha introducido personajes oscuros, con comportamientos casi patológicos, que buscan justificar sus actos, encontrando en el personaje de Aurora, a la perfecta confidente, que parece comprenderles sin criticarles (lo que son incapaces de hacer unos respecto de otros).
            Escrita con el habitual estilo preciso del autor, capaz de concentrar en una frase todo el detalle y la profundidad psicológica de los personajes, en esta ocasión, los lleva al extremo, sin reservar un resquicio para la esperanza.



miércoles, 4 de septiembre de 2019

SEPTIEMBRE PEREZOSO


La sombrilla y dos hamacas aún ocupan un lugar en el patio, esperando, remolonas, que, en cualquier momento, volvamos a tomarlas. Siempre nos decimos que septiembre es un buen mes para escaparse entresemana a la playa; pero los días han adquirido la tonalidad distinta de ser laborables, y nos convertimos en niños obligados a decir adiós a algo muy querido: alargamos la mano, contorsionamos el cuerpo y, aún así, no llegamos. De modo que aquí estamos de nuevo, frente al ordenador, tecleando sin saber en qué momento consumimos la vida que habíamos aguardado durante todo un año. Colocamos la mejor puesta de sol playera como fondo de pantalla y contamos anécdotas a quien nos devuelve las suyas propias con nostalgia. 
Ese tiempo se ha acabado y ahora septiembre ronronea y se despereza entre unos recuerdos que, como suele ocurrir, son más maravillosos que todo lo que hemos vivido.

Seguro que el próximo año volveremos a disfrutar el mejor verano.

jueves, 14 de febrero de 2019


TIEMPO DE AMOR

            Afuera arrecia el viento y las hojas alfombran las calles, incomodando a los escasos transeúntes. La radio habla sin cesar de inestabilidad en cualquier parte del mundo y los datos de las economías domésticas siguen siendo desalentadores. Todo se parece bastante a un túnel que nunca se acaba, desde el que, de vez en cuando, se divisa una luz. A veces, se aproxima, y es alguien con una sonrisa o una palabra amable.

            Todo se construye desde el corazón. “Si no tengo amor, no soy nada”, que decía San Pablo. El cimiento más firme es el amor, pero lo hemos convertido en un guinda, algo que corona, que adorna; un buen reclamo comercial para un tiempo de miedo e incertidumbre, en el que se espera que nos aferremos a lo que podemos comprar, en lugar de cultivar lo que hay en nuestro interior.

            El camino está lleno de distracciones que se confunden con la vida, convertida en una interminable calle peatonal, llena de escaparates luminosos, cuyas exhibiciones mudan cada mes, cada temporada, cada fecha señalada. Importa mucho más quién nos acompañe y nos tome de la mano con el corazón.       

           

jueves, 31 de enero de 2019


El dolor de los demás o la honestidad del autor.

Ficha técnica.

Autor: Miguel Ángel Hernández. (Murcia 1977)

Editorial: Anagrama. 305 páginas.

Sinopsis: Año 1995. Es Nochebuena en la huerta murciana, donde vive el autor, apenas un adolescente. La hija de sus vecinos aparece asesinada en su propia casa. Posteriormente, el hermano y amigo del autor, aparece sin vida tras haberse tirado por un barranco. La investigación concluye que fue el hermano quien asesinó a la hermana, para, posteriormente, quitarse la vida. La causa nunca llegó a desvelarse.

            Veinte años después, el autor regresa a la huerta para narrar aquel episodio de su pasado. Hacerlo significa sumergirse en recuerdos agradables y en otros dolorosos que ahora cobran nuevo sentido con la mirada del presente. A lo largo de la narración, el autor se cuestionará su derecho a inmiscuirse en el dolor de otras personas.

            Hermosa y nostálgica reconstrucción de una parte de la historia de nuestro país en los años noventa, que constituye una conmovedora reflexión acerca de la razón de escribir y los límites para hacerlo.

Comentario personal:

            Demasiado acostumbrados a artificios literarios que introducen al lector en un espectáculo que –con frecuencia, no lo conduce a ninguna parte y, demasiado a menudo, no lo pone ante sí mismo–, “El dolor de los demás” es un relato de la vida real; un corto en el que seguimos al autor por un episodio doloroso de su adolescencia, que decide abrir en la edad adulta.

            Miguel Ángel Hernández quiere contar su dolor y acaba contando el dolor de los demás, obligado a enfrentarse a él para exponer la historia, partiendo de la huella que un crimen del pasado dejó en él, introduciéndose en el modo en el que lo vivió, descubre el dolor de los demás, la extraña comunidad que crea el dolor entre seres humanos.

            Cuando una relato comienza anunciando su contenido “esto es lo que voy a contar, y ya está, no hay más”, debemos sospechar que va a llevarnos mucho más lejos de lo que anuncia. Esa franqueza de la primera afirmación esconde un viaje hacia adentro, descarnado, cándido y amargo. Realizarlo es un imperativo para poner el pasado en su sitio, los recuerdos y los afectos truncados; pero, al mismo tiempo, irremediablemente, es una invasión del pasado de los demás, del tiempo y las experiencias compartidas.

El autor nos dibuja un retrato de la España de los años noventa, con la autenticidad de sus pueblos y el anonimato de sus ciudades, completando una narración conmovedora y sincera.

 

lunes, 14 de enero de 2019

TÚ TE QUEDAS AQUÍ


       Tras la valla del colegio, un grupo de niños mira a los transeúntes. Es una zona urbana residencial y, a esa hora, caminan con el carro de la compra o con el periódico bajo el brazo. Los seres humanos siempre nos movemos como si la vida fuera un inmenso aeropuerto; arrastramos los pies hacia allá o hacia acá con desgana o desilusión, hasta que el sonido de una voz por los altavoces nos obliga a reaccionar.

         Uno de los niños extiende los dedos entre los huecos que deja la malla de alambre. Es una mano inocente que pide. Da igual qué cosa sea, provoca en mí una sensación de desamparo de la que no sé salir. Siempre he pensado que cuando nuestra madre nos deja por primera vez en la escuela, dibuja para siempre esa intensa emoción de abandono que nos acompañará toda la vida y que se repetirá cada vez que no seamos aceptados o elegidos, ya sea en una oposición o en un baile.

         Por eso ahora, que te dejo en tu silla de ruedas en esta inmensa sala, y me dices que quieres marcharte conmigo, reprimo las lágrimas al responderte: “Tú te quedas aquí”.

lunes, 10 de diciembre de 2018


NO VUELVAS A CASA POR NAVIDAD

       De entre los muchos anuncios, mensajes y memes que recibimos en estas fechas, quiero destacar tres: con la imagen del personaje de una conocida serie, se nos advierte de que estemos preparados para la avalancha de mensajes con los buenos deseos de personas que no se acuerdan de nosotros en todo el año. En otro, se nos hace ver el poco tiempo que dedicamos a nuestros seres queridos, que, calculado con frialdad provoca lágrimas. En tercer lugar, hay uno que nos muestra qué poco sabemos los unos de los otros.
     Sin embargo, es a la Navidad, como tiempo de encuentro y de celebración, al período del año al que más atención se le presta. Es en él cuando esperamos que regresen los familiares que están lejos, cuando preparamos la casa y nos acordamos de ese detalle que tanto gusta a nuestros seres queridos. ¿Qué está ocurriendo, entonces?
     En primer lugar, el consumismo pervierte nuestros buenos deseos, porque acaba confundiéndolos con un menú concertado, un regalo bien envuelto y ese traje que hace un año que no te pones; desde la última Navidad, precisamente. Hemos convertido esta época en una carrera de fondo para llegar a muchas mesas en las que ni se departe ni se comparte, sino que se come, uniendo nuestra insatisfacción a la de aquellos que nos rodean. No sé si es triste o grotesco; pero debería tener remedio.
   No vuelvas a casa (no llames, no pongas mensajes, no regales...) por Navidad, sino porque lo desees. Y aprende a desear las cosas desde el corazón, no desde la imagen de una campaña publicitaria.

lunes, 22 de octubre de 2018

NO ES RENTABLE, YA LO SÉ

 


            A la mayoría de las demandas ciudadanas el político responde con una proposición de ley (que luego se apruebe y cuál sea su contenido específico es otra cosa). Las más reclamadas son las leyes de orden penal, aquellas que se aplican cuando el comportamiento reprobable ya se ha cometido y poco o nada pueden hacer estas normas para evitarlo; sin olvidar, que el Derecho Penal debe ser el último recurso para intervenir.
         Con una ley parece que todo el mundo queda satisfecho, pero, a menudo, el problema no se resuelve. Una ley no puede cambiar mentalidades y, según vemos a diario, ni siquiera la posibilidad de ser sancionados disuade a muchos de cometer infracciones.
      Hace falta un compromiso serio con el bien común, convertir en valores ineludibles el respeto, así como la protección y ayuda al más débil, porque la sociedad en la que vivimos convierte en más fuerte a quien más poder tiene (económico, político, militar, etc.), y, de un modo u otro, todos llegamos a sentirnos oprimidos en alguna ocasión.
            El sentido común y la educación en valores morales libran un dura batalla con la demagogia y la rentabilidad que se exige a cada ciudadano, convertido en consumidor antes que en ser humano; pero, por más que suene grandilocuente, está en juego la subsistencia del planeta y de todas las especies que habitamos en él.  Aprender a conservarlo y cuidarlo no se ajusta a las leyes del mercado, lo sé, pero es nuestro deber.

           

           

lunes, 17 de septiembre de 2018

LA LLAMADA

Me atrevería a decir que el teléfono lo inventó una madre; pero no es mi intención poner en tela de juicio quién hizo este descubrimiento, sino comprender la especial relación que ha existido siempre entre una madre y sus hijos, a través del hilo telefónico. Una llamada como recordatorio, como despertador o, sencillamente, como excusa para sortear la soledad, han erigido en fácil chascarrillo la insistencia con la que las madres deseamos saber de nuestros vástagos, con el mismo empeño con el que ellos pretenden zafarse de nuestro control. Afortunadamente, el tiempo también madura las relaciones y las nutre de nuevos ingredientes, como el de las viandas preparadas por mamá, ese intercambio semanal de envases de plástico en el que se contiene una mínima parte del cariño y la preocupación a los que no estamos dispuestas a renunciar.
La llamada de una madre (aun con su sesgo de interrogatorio y su carga de reproche) es la conexión con una realidad que el mundo actual vuelve difusa y que nos plantea qué hacer con el cariño que un día dimos a alguien que se ha convertido en un adulto, con su propia forma de ver el mundo. La llamada nos permite también comprender y percibir ese cambio, adaptarnos a él poco a poco, situarnos en un nuevo marco de relaciones.
Claro está que todo eso se aprende del modo más doloroso: cuando quien antes llamaba a diario ya no es capaz de comprender para qué sirve ese aparato. Afortunadamente, el cariño no acaba nunca.

lunes, 10 de septiembre de 2018

NADA ES IGUAL

Nada es igual que en la infancia; no hay comienzo verdadero si los ojos no son niños, si no saben contemplar con inocencia.
Hoy es un día de reencuentros, de mucho sueño, pero, sobre todo de ilusión. ¡Pobres!, no saben que cargan ya en sus mochilas el peso que los adultos les vamos a ir anticipando: los madrugones, los desayunos apresurados, las obligaciones, en suma; ese terreno que abona culpas y rutinas amargas. Todo llegará, porque también esa semilla hemos puesto en ellos. Mientras tanto, les vemos sonrientes, recién peinados (como van a estar cada mañana durante los próximos meses), atesorando los olores de libros, gomas y cartucheras, ese que ya nunca se irá de su memoria, el que siempre les devolverá a la puerta de la escuela, una y otra vez, por más años que vayan cumpliendo.
Son felices en un mundo que teoriza sobre la felicidad y hace todo lo posible por volverla inalcanzable y ese reducto les pertenece. Lo sabemos y aún lo respetamos, no sé por cuanto tiempo, porque en la infancia hay pobreza. Muchos niños no comenzarán el curso hoy o lo harán en pésimas condiciones, sin desayuno, ni mochila. Ellos guardarán un recuerdo menos grato, pero ese serán el que tengan toda la vida.

lunes, 3 de septiembre de 2018

¿POR QUÉ LO LLAMAMOS SEPTIEMBRE?

Septiembre se llama, pero debería llamarse regreso a la vida real.
Hace ya más de dos meses que los anuncios de la televisión y los reportajes de los informativos nos previenen contra el sol, los hongos en los pies y los trastornos digestivos provocados por las costumbres de las vacaciones. Lo hemos interiorizado tan bien, que, incluso los que no se hayan marchado, han creído experimentarlos. Ahora toca restablecerse; pero no hay de qué preocuparse, los supermercados anuncian ofertas para facilitarnos la vuelta y las banderolas que llenan sus pasillos indicando la zona donde se encuentra el material escolar hacen imposible que nos perdamos, un año más.
Y, para los nostálgicos, aún pueden encontrarse "escapadas sugerentes para que la vuelta no sea tan dura". Excelente idea esa de marcharse de nuevo para no tener que regresar nunca.
Mientras tanto, oiremos a una legión de expertos pontificar sobre la ansiedad posvacacional y los remedios para combatirla. Suerte que tienen los que no se marcharon de vacaciones, los que ya están. No sé yo si les consolará saber que, a fin de cuentas, tampoco es para tanto el descanso veraniego, tantas horas con la misma familia a la que rehuimos durante todo el año, la siesta interrumpida por niños que no son los tuyos y el ambiente asfixiante de las casas de veraneo a las que todo el mundo quiere ir, aunque sea para acordarse de lo bien que estarían en la suya propia.
Lo llamamos septiembre y eso equivale a leer bajo un árbol sin estar rodeada por tribus urbanas, a pasear por la playa sin pisar los pies de otros seres humanos, a sentirse bien con uno mismo, porque (¿para qué nos vamos a engañar?) lo natural es quedarse donde uno tiene sus raíces.

martes, 17 de julio de 2018

MALDITOS RECUERDOS



Un pasillo de hospital se presenta siempre como un túnel, una calzada hacia la incertidumbre, que frena nuestros pasos y alienta nuestro deseo de correr hacia la salida. Hay unidades con pasillos animados por gente que espera en la puerta de las habitaciones, seres que sueñan con marchar pronto y otros que llegan a poner un poco de alegría en las tediosas horas de encierro. Sin embargo, hay pasillos en los que, al pisar por primera vez, percibimos el desconsuelo que produce saber que no conducen a ninguna parte, que las expectativas han cedido a la mínima esperanza de desear que todo permanezca como está, que, al menos, no empeore.

Una señora de más de ochenta años pregunta por su madre reiteradamente (mi abuela decía que en los peores momentos siempre habrías de acordarte de tu madre), la persona que la acompaña le ofrece un frágil consuelo "ahora viene, ha ido a comprar". La enferma calla un momento, parece que las palabras han conseguido frenar su angustiosa llamada, hasta que responde: "No tiene dinero".

La pobreza, flotando en el pozo negro de la memoria, como un recuerdo maldito. 
 

viernes, 13 de julio de 2018

UNA MADRE DE PELÍCULA

La voz de mi hijo se entrecortaba; de fondo se oía el viento soplar. Lo imaginé a la intemperie durante una noche desapacible y se me encogió el corazón. No era para esto para lo que había ido a estudiar al extranjero. No pude entender nada de lo que me dijo, por más que lo repasé una y otra vez después de que la comunicación se hubiese cortado. Preocupada, volví a mirar la fotografía que mi hijo menor me había mostrado de su hermano en las redes sociales, realizada en estos días; pero no parecía él. Todo estaba fuera de lugar en mi mente y, lo peor era que la prensa hablaba de tragedias en las que se veían envueltos jóvenes que se hallaban fuera de sus casas. Eso no ayudaba, como tampoco lo hacía el que personas de nuestro alrededor no dejasen de insinuarnos que habíamos cometido una locura dejándolo marchar a aquel curso de verano. Me decía a mí misma que era un país de la Unión Europea, que no estaba en una zona de conflicto...; pero volvía a la falta de noticias y a la llamada y todo me parecían malos presagios. La cabeza me daba vueltas.

-Mamá, mamá -noté que me sacudían ligeramente.
-¿Pablo? Pero...¿tú no estabas en Grecia? -sentía como si hubiese salido de una pesadilla interminable.
Me miró con condescendencia; no es ya que se hacía un adulto, es que me veía mayor y se sentía obligado a dejar de protestar por las cosas que yo hacía, para intentar comprenderlas.
-Si no te espabilas, no llegamos a tiempo al aeropuerto -sonreía.
-Pero...-me daba vergüenza confesar todo lo que mi cabeza había llegado a construir-, tuvimos que llamar a la embajada, no sabíamos nada de ti...
Se acercó y me miró fijamente, evaluando los estragos que aquel mal sueño había dejado en mi cerebro.
-Estaré bien, no te preocupes. Todas esas ideas que hay en tu cabeza vienen de esas películas de Liam Neeson que tanto te gusta ver.
La frase resonaba en mi cabeza cuando lo vi embarcar esa madrugada.
FIN

lunes, 9 de julio de 2018

LA EMBAJADA

Que alguien tome el mando no siempre resulta tranquilizador y, por consiguiente, no nos invita a depositar nuestra confianza en lo que esa persona haga, sino que, más bien, llegamos a temer hasta dónde esté dispuesta a llegar, por muy buenas que sean sus intenciones. He aquí un vivo ejemplo:
-He localizado al profesor que se ha encargado de organizar el viaje -dice el padre.
Todo normal; a fin de cuentas, el profesor estará acostumbrado a que haya padres que no se conformen con ese estereotipo de los jóvenes que viajan al extranjero y no se comunican con su familia.
-Me ha puesto en contacto con la embajada -añade con suavidad, esperando mi respuesta.
Lo miro un momento. "Embajada" suena a película de secuestro de Harrison Ford, de modo que intento recomponer en mi mente cuál será en realidad su intervención en un asunto doméstico como el que nos ocupa. De repente, temo que estemos haciendo una montaña de un grano de arena y lo digo, creyendo que mis palabras pueden tener algún efecto sobre los acontecimientos. Pronto voy a saber que estoy equivocada.
-He llamado y van a hacer gestiones para localizarlo -anuncia, sabiendo que acaba de poner ante nosotros el termómetro de nuestras emociones: si no haces nada y te dejas llevar, cuántos reproches cabrán ante lo inevitable; en cambio, si haces algo, cómo de ridículo podrás aparecer ante los ojos de los demás y -lo peor- de tu propio hijo. Por eso, suspiro y decido subir un grado más la exageración con la que, seguramente, lo estamos viviendo:
-¿Qué pensarán los demás cuando sepan que la embajada hace gestiones para asegurarse de que está bien? Creerán que es el hijo de un diplomático o algo así -digo pensativa, temiendo que la situación se escapa ya de nuestras manos.
    Es muy temprano cuando suena el teléfono, lleno de presagios, como siempre que un miembro de la familia está fuera.
Continuará

miércoles, 4 de julio de 2018

La sociedad y el tomate frito


La sociedad diseña un modelo de padres y madres en el que se presupone un grado de nerviosismo rozando la histeria cuando los hijos marchan fuera del hogar.

Bajo esta premisa, pueden llegar a producirse situaciones como la que a continuación se narra:

Padre: No he dormido en toda la noche. No pienso estar un minuto más sin hablar con el niño.

(El niño tiene casi veinte años)

Madre: Ha puesto una foto en las redes sociales.

Padre: A mí eso no me sirve, puede estar trucada. ¿Cómo se llamaba el profesor encargado del curso al que ha ido?

Madre: No sé. Tiene un apellido parecido a una marca de tomate frito...

      El esposo la mira. Piensa que, después de todo, bajo la apariencia tranquila, los nervios también están haciendo estragos en ella, afectando a su equilibrio emocional, hasta el punto de mezclar la lista de la compra con una situación tan aterradora como la de que hace dos días que no saben nada de su hijo.
     Él lo va a arreglar, por supuesto que sí. Ya verán cómo en la siguiente entrega.

Continuará


lunes, 2 de julio de 2018

UN VIAJE EMPIEZA ANTES

Del momento en el que empieza un viaje se ha escrito mucho como para que yo pueda aportar algo más que mi propia experiencia. Es lo cierto, que hay quienes lo vivimos intensamente desde que se imagina y va creciendo a medida que se van realizando los preparativos. Esto será lo que le habré transmitido a mi hijo, porque hace meses que colocó en la puerta del frigorífico la inmensa lista de lo que necesitaría llevar para su viaje de estudios y fue tachando concienzudamente aquello que preparaba. Me sentí orgullosa de comprobar que era alguien que se emocionaba con el más mínimo detalle y que, además, no iba a improvisar, volviéndonos locos al resto de la familia. Eso creí.
Llegó el día de salida; él, aparentemente, tranquilo, deseoso de iniciar su viaje de estudios al extranjero; nosotros, disimulando, haciendo como que es cosa de un mes y luego el resto del curso queda un poco lejos.
En la cola de embarque hace bromas acerca de que estamos todos rodeándolo y, en realidad, es él el único que se marcha. Me gusta verlo así, con la mente y los ojos abiertos, sin atisbo de temor y, con esa sensación, regreso a casa, ya de madrugada.
Cualquier madre sabe que, cuando uno de los hijos no está, la ausencia se nota incluso antes de que pongas un pie en el suelo para levantarte de la cama. Si, además, está lejos, inmediatamente, piensas si habrá dejado algún mensaje en el móvil. No hay avisos, no está conectado, no ha puesto ninguna fotografía (ahora que los jóvenes suben imágenes de todo lo que van haciendo). Trago saliva, intentando no convertir en un drama el hecho de que no sé nada de mi hijo y tampoco tengo medio de hablar con él.
Continuará