miércoles, 28 de octubre de 2020

 ESCALERAS DE LA INFANCIA (I)

Cuando las escaleras dejaron de ser protagonistas para convertirse en escenario, siguieron reclamando su importancia. Al menos, para la niña, que, si se aburría en casa, salía al descansillo a hablar con quien bajase o subiese; igual le daba parar a quienes iban en un sentido o en otro. No hacía falta ninguna fórmula de cortesía, bastaba una palabra para que Engracia, la del tercero, se detuviera un momento al oírla, y le regañara por ensuciarse la ropa sentándose en un escalón, o bien, Felipe, el del quinto, le preguntara si no tenía nada mejor que hacer. La niña era zalamera y curiosa, una conjunción a la que difícilmente podían resistirse la mayoría de los vecinos, de modo que, casi siempre, le daban un rato de conversación. Hasta que, repentinamente, la niña recordaba que había dejado algo por hacer o desde el interior de la vivienda, le llegaba la voz de su madre, siempre dispuesta para añadir un encargo a otro, sumando tardes y mañanas de sábado, tirando del calendario hasta que la niña creciera y fuera ella quien se ocupara de la madre. Porque así eran las escaleras: los que subían, bajaban.

Continuará...

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