miércoles, 4 de agosto de 2021

ÁLBUM DE VERANO.

Dicen que el tiempo todo lo arregla. No diría yo eso; más bien, lo deja reposar, a ver cómo lo encontramos años después.

Hoy me he encontrado con los veranos de la infancia, los únicos que olían de verdad, eternas tardes de sol, habitaciones en penumbra y toda la vida por delante. Tengo en mi memoria los viajes  en coche desde el amanecer hasta el mediodía;  “mamá, tengo fatiga”, “mamá, mi hermano no me deja”… Y mi madre multiplicándose para atendernos e imponer silencio; porque, en esos años, conducir era desentrañar los misterios de una máquina, que hoy algunos creen tener bajo control. La llegada al pueblo de unos niños de ciudad, que procuraban portarse bien, pero eran demasiados como para pasar desapercibidos. Unos extraños visitando a otros extraños. Y mi padre como una figura intermedia: el hijo que se marchó y regresa de vacaciones, con su familia numerosa, su coche y un puñado de recuerdos para compartir.

Aquellas visitas veraniegas nunca supusieron un regreso, su vida estaba hecha ya en otra parte. Yo veía su tristeza al marchar y los rostros de alivio de todos los demás. Ahora que veo pasar aquellos años, como si estuvieran en las hojas de un álbum, pienso que tristeza y alivio son la medida de nuestras pérdidas. 

jueves, 29 de abril de 2021

LLÉVAME A CASA. Jesús Carrasco. (Edit. Seix Barral)

 En su tercera novela, Jesús Carrasco construye una trama aparentemente sencilla, basada en acontecimientos cotidianos, con los que el lector puede identificarse fácilmente. 

Juan regresa desde Edimburgo al pueblo de Cruces, con motivo del entierro de su padre. Aunque la intención es volver a su vida en el plazo de una semana, la obligación de cuidar a su madre con alzhéimer, acabará reteniéndolo. Durante ese tiempo, a medida que va asumiendo el cuidado que la mujer requiere, se replanteará la mala relación con su hermana, el desapego hacia sus padres, el distanciamiento de viejas amistades y el desapego de la vida que había llevado en el pueblo, antes de marcharse al extranjero.

Es una novela sobre los cuidados, los que recibimos sin llegar a agradecerlos nunca, y los que dispensamos, más por obligación que por afecto. Cuidados que no siempre son asumidos por igual dentro de las familias. Con una narración precisa, contenida y muy esmerada, el autor nos dibuja la necesidad de salir de la vida en un pueblo pequeño, bajo la mirada atenta de todos, hacia una más despreocupada y libre en otro país. Allí va a buscarse el protagonista y, sin embargo, no se encuentra hasta que no vuelve a la casa donde creció, a la misma habitación llena de trofeos infantiles, las macetas que cuidaba su madre, el hule gastado de la mesa de la cocina y el viejo Renault 4. Solo en ese ambiente reflexionará sobre la dificultad de expresar sentimientos, que acabaron enredados en malentendidos, el peso de las cadenas familiares y la existencia de un código de comunicación ancestral, que nos conecta con el lugar de nuestra infancia y con las personas que nos cuidaron.

También me parece una novela de regresos: a la vida rural, a la madre y a la hermana, a las necesidades de los que amamos por encima de las nuestras, y, especialmente, es una novela del vínculo con nosotros mismos y con lo que fuimos, que se mantiene, a pesar de la enfermedad.

miércoles, 7 de abril de 2021


 PRESUMIR DE ABRIL

El ser humano presume, da igual el motivo. Así que los nacidos en abril, diremos sin asomo de vergüenza que no hay comparación entre una tarde de cualquier otro mes y una de abril. Las tardes de abril no se recogen, ni se avergüenzan de ser más largas; abril callejea por las habitaciones, las recorre y se aventura por los ventanales y los patios, sin atreverse aún con las azoteas, que son un desafío más propio de mayo. Abril se enseñorea en la casa, alargando la luz, los brotes y las conversaciones lánguidas y hace soñar al corazón con una eternidad que es cierta solo un momento, lo suficiente para soñarla siempre. Abril se detiene en los jazmines del balcón; conserva memoria de incienso y silencio, aunque aspire a guitarra y jarana. Una sola tarde de abril contiene toda la esperanza de la tierra y, al mismo tiempo, la melancolía juanramoniana.

Presumir de abril es una forma como otra cualquiera de amar la vida por encima de la certeza de la muerte.

martes, 23 de marzo de 2021


 LAS MUJERES DE MI VIDA.

Ha habido muchas mujeres en mi vida. Obedientes, transgresoras, resignadas..., todas ellas fuertes y, especialmente, conscientes del papel que les tocó. Aunque esto no parezca importante, conviene no andar a ciegas por la vida y vislumbrar con toda humildad que somos una pieza (una sola, ni más ni menos) en el enorme puzle universal. 

Todas ellas, tejieron una urdimbre sobre la que avanzamos la siguiente generación familiar y constituyeron un ejemplo de resiliencia. 

Mujeres que ayudaban a dar a luz, que consolaban y cuidaban; mujeres que compartían saberes sobre cómo tratar una enfermedad, las palabras adecuadas para ahuyentar el mal de amores y, sobre todo, la necesidad de silencio para las penas del alma. Mujeres que entendieron  que, para las jóvenes de la familia, el estudio y la lectura era la puerta a un nuevo tiempo, y las ayudaron a asumir la libertad de las que ellas se vieron privadas.

Las mujeres de mi vida siempre han hablado el lenguaje de las plantas: raíces fuertes sobre una tierra enriquecida con tesón y hojas bañadas de luz.

(Imagen de René Snyman)

miércoles, 17 de febrero de 2021

NO ESTOY AQUÍ. Anna Ballbona. Editorial Anagrama.

La protagonista de esta historia, Mila, está embarazada. A medida que el nacimiento se aproxima, los recuerdos, sucesos y preguntas de su vida anterior cobran un nuevo sentido. Crecer a finales de los setenta en el barrio cercano a una autopista, intentar descubrir el mundo desde el extrarradio, explica el  deseo de buscarse a sí misma, que la traslada a Barcelona y, después, a París. 
    Mila repasa sus vivencias familiares, el mundo particular que crearon sus padres, en el que la dureza de la realidad quedaba amortiguada.
Este puede ser el relato de cualquier vida, de todas las vidas, de la necesidad de marcharse para comprender nuestra relación con el mundo y con la familia; perderse para encontrarse. Recuperar el hilo de todas las experiencias del pasado para ofrecerlos con coherencia a la hija, sabiendo que un día, ésta también tendrá que hacer su propio camino.
"No estoy aquí" es una reflexión descarnada. A veces, tierna; a veces, dura. Pero siempre honesta y comprensiva, con destellos humorísticos. 
Es la crónica que cualquiera hubiese querido escribir, de haber sabido hacerlo como Anna Ballbona. 
 

martes, 19 de enero de 2021


 UN AMOR. Sara Mesa      Editorial Anagrama. (2020)

            A menudo, las reseñas de novelas exponen una sinopsis de la obra, un extracto bien intencionado, que nos sitúa ante los personajes principales y los aspectos más destacados de la trama. Desde esa perspectiva, podríamos decir que la protagonista de la novela de Sara Mesa, es una joven, Nat, que se traslada a un pequeño núcleo rural, desde el que pretende trabajar como traductora literaria. Poco sabemos de su pasado inmediatamente anterior, aunque se intuye un fracaso, una adversidad. A partir de ahí, la relación de Nat con cada uno de los habitantes y el efecto que tienen en ella.

Sin embargo, hacer una sinopsis convencional en el caso de Un amor, de Sara Mesa, supondría romper el hechizo y deshacer la atmósfera inquietante; pero, sobre todo, impedir al lector que experimente una de las experiencias más maravillosas a las que puede conducirnos la lectura: seguir de la mano a la protagonista, hacernos sus mismas preguntas, enredarnos en sus cavilaciones, asumir como propios sus silencios…En suma, aceptar que su recorrido va a enriquecernos, a pesar de que no nos explique casi nada de su vida y lo que ofrezca pueda parecernos deslavazado e insuficiente.

Al final de sus páginas, comprenderemos por qué hemos hecho el recorrido en penumbra, con el alma descarnada o el corazón flotando. Y habrá merecido la pena, si hemos encontrado, junto a la joven Nat, nuestro lugar en el mundo.

 

 

 

miércoles, 23 de diciembre de 2020

 NAVIDADES DIFERENTES.

            Una algarabía de recreo infantil llena el amplio salón. Las puertas están abiertas de par en par y, ya desde la entrada, puede verse el coro infantil y la decoración navideña que cuelga del techo. Los familiares se han situado de la mejor manera posible y se quejan de no tener donde dejar los abrigos, estando la calefacción tan alta. Afuera luce un sol tibio, que no consigue vencer la humedad de los parterres y las aceras.

            La directora ha dado inicio al acto con palabras que tomó prestadas del año pasado, porque en Navidad parece suficiente con decir: cariño, entrañable, unión…Además, todos están deseando que comience el acto, que termine y que puedan tomar las viandas que están preparadas en la enorme galería. Afortunadamente, el coro está compuesto por jóvenes en la pubertad, que no parecen dispuestos a permanecer mucho tiempo en la misma posición. De modo que con unos cuantos villancicos consiguen animar el ambiente. A continuación, la entrega de regalos por tres reyes magos disfrazados con empeño, aunque cualquier parecido con la fantasía sea pura coincidencia.

            La directora va nombrando, impostando un poco la voz para resaltar que están en un momento único, porque para algunos puede ser la última vez, aunque, por supuesto, no se le ocurra decirlo. Así que deben sentirse felices y agradecidos. Jaime Duero, Tomás Miño, Ana Pisuerga…y, así, sucesivamente. A la mayoría les ayudan sus familiares, fingiendo una alegría que tendrá la misma duración que el acto navideño. Consuelo Tajo. Silencio. Consuelo Tajo. Silencio, murmullos y miradas en derredor. Los estómagos rugen con impaciencia. A ver –alza la voz la directora– Consuelo… Hace gestos para que alguien la busque  y la entrega de regalos pueda terminar de una vez. Le molesta la perturbación de rutinas que significa la celebración navideña, prefiere las tareas de despacho, el orden del archivo, las ideas y las personas en su sitio; cada uno conociendo sus horarios y deberes.

            Un escuadrón de auxiliares se reparte por el salón, el pasillo y los baños, con un ligero temblor. La familia de Consuelo no ha venido y deberían haber estado más atentos a ella. No quieren ni pensar en los reproches de la directora. La preocupación va aumentando, hasta que alguien da la voz de aviso, señalando hacia la galería. Sentada en su silla de ruedas, Consuelo recuerda las navidades de su infancia, mientras contempla con una sonrisa angelical los pajarillos revoloteando sobre la fuente.

           

martes, 22 de diciembre de 2020

 

BAILE DE SILLAS.

Tras cuarenta años de casados, la única tarea en la que había conseguido que su marido se implicara era la de poner la mesa para la cena de nochebuena; de modo que no estaba dispuesta a que ninguna crisis sanitaria –por grave que fuese– y, mucho menos, las recomendaciones de un ministro o consejero, frustrasen el resultado de tantos años de esfuerzo.

Acababan de almorzar cuando se pusieron manos a la obra. “Estas cosas conviene probarlas con tiempo para que nada falle”. Era doce de diciembre. Desplegaron el ala supletoria de la mesa y dispusieron diez sillas alrededor. Perfecto. Era asombrosa la manera en la que las autoridades habían calculado el número adecuado para que la mesa no se descuadrara. Las contó dos veces, porque le parecía imposible semejante grado de acierto. Diez. Colocó el hule de los días de fiesta y el mantel con motivos navideños. Se aseguró de que no quedara más corto en un extremo que en otro y, mucho menos, colgara demasiado; no le gustaba ver que el mantel quedara en el regazo de los comensales, porque acabarían limpiándose las manos en él, en lugar de utilizar las servilletas.

Para asegurarse de que todo cumplía con los requisitos que consideraba como imprescindibles para que una mesa estuviese debidamente puesta, midió la mesa de un extremo a otro y colocó el centro navideño justo en la mitad. Se alejó unos pasos para comprobar si hacía el efecto deseado y a punto estuvo de trastabillar, porque se había descalzado para no ensuciar la alfombra. Asintió, aunque en su interior, notaba que faltaba algo. Ante el silencio expectante del marido, deseoso de sentarse a ver las noticias, fue colocando un plato de respeto para cada uno de los diez invitados, con la misma distancia entre uno y otro. Al finalizar, apretó los labios, insatisfecha. Meditó un momento, abrió la caja de la cubertería que guardaba exclusivamente para los días especiales y fue colocando correctamente cada uno de los cubiertos que necesitarían. El brillo de cucharas, cuchillos y tenedores pareció revitalizarla y recobró la confianza. “Perfecto”, murmuró. El marido se dirigía ya hacia el sofá, cuando la vio contemplar la mesa acariciándose el mentón. Cuarenta años de matrimonio pueden ser una tortura si no se aprende a descifrar el significado de cada gesto. Sabía que faltaba algo: las copas. Esta vez, por terminar cuanto antes, él se las fue aproximando cuidadosamente. “Espera, ahora las de agua”. Nunca había entendido que en tu propia casa te pusieras una copa para agua, pero se guardó mucho de decirlo. La mesa estaba puesta, por fin.

–¿Quiénes vendrán? –preguntó el esposo mostrando un interés que hacía años que no sentía.

–Ya sabes que nunca me ha hecho falta nadie para ser feliz –respondió ella.

lunes, 21 de diciembre de 2020

 ESPÉRAME.

Te dije “No voy” y la frase me sonó imponente, porque –por primera vez– estaba defendiendo mi vida como un territorio privado, en el que solo podía entrar quien yo eligiera. Te dije “No voy” y sentí la liberación de no tener que viajar en Navidad, de soportar las aglomeraciones de la estación (cuando sufres una, la sensación parece multiplicarse con todas las demás que abren los telediarios), de ponerme vestido, medias y zapatos de tacón, porque esa es la costumbre familiar, aunque suponga pasar frío; de comer poco y cocinar mucho. A pesar de todo, quizás me quedara algo de remordimiento, por eso, añadí: “Ya iré en Semana Santa o antes, porque tengo días de vacaciones que este año no me he tomado; ya sabes, demasiado trabajo en la oficina, ahora que se han jubilado dos compañeras”. La línea telefónica, siempre tan fría, me transmitió, sin embargo, tu sonrisa cálida y comprensiva, que yo interpreté como que no me creías, que seguía siendo una niña caprichosa que necesitaba rebelarse de vez en cuando. Me enfadé y volví al inicio: “No voy. Nos veremos más adelante”. Pero más adelante fue tarde y lo poco que supe de ti durante tus últimos días de vida fue gracias a una enfermera que me informaba de la mejor manera posible de que te estabas apagando.

Este año aprendí que hay costumbres familiares que son un auténtico ritual bajo el que se esconde la seguridad con la que hemos crecido, que podemos cuestionarlo, ridiculizarlo e, incluso, renegar de él; pero cuando nos rodea, nos hace sentir que pertenecemos a una pequeña comunidad, hecha de amor y cuidados. Aprendí que decir voy, es decir me importas;  que, a veces, la vergüenza para confesar que amamos viene envuelta en un almuerzo copioso preparado con la mejor sonrisa.

Hoy daría cualquier cosa por regresar a esa conversación telefónica y decirte feliz: “Espérame”.

martes, 15 de diciembre de 2020


 EL ESPÍA Y LA ADOLESCENCIA.

Tenía yo catorce años cuando gané un premio literario escolar, que consistía en un lote de libros. Entre Machado, Gloria Fuertes, Juan Ramón Jiménez y algunos otros que integran lo más entrañable de mi modesta biblioteca, emergió este desconocido, audaz, elegante, sensible y con buen humor.

Le Carré me condujo por un laberinto de calles, de emociones y de pensamientos que, a mi edad, comenzaba a descubrir. Era el tránsito de la infancia a la adolescencia, la definición de gustos e inclinaciones, el dictado de los progenitores y la rebeldía…; la rueda de la vida, girando incansablemente. La mano de Le Carré alentó el espíritu aventurero que nadie hubiese presupuesto en mí y abrió un mundo de lecturas que vendrían a continuación y que no estaban entre las “establecidas”.

¿Alguien podría imaginar un desafío mayor que leer un libro que no parece pensado para ti?

 

viernes, 30 de octubre de 2020

 ESCALERAS DE LA INFANCIA (II)

La niña no sabía nada de redes sociales, aunque sí conocía ya la sensación que producía tener seguidores: la satisfacción de que unas personas le prestaran atención y la decepción por verlos marchar  a sus quehaceres al cabo de unos minutos. Entrar y salir de la vida de otros se le daba bien, pero le causaba un cierto desánimo. Quizás, sin poder ponerle nombre, nacía en ella el deseo de vivir a través de los demás. 

De todas las vecinas, Matilde, la del primero, parecía la más fiel; no había día que no se asomara al hueco de la escalera y la llamara ansiosamente. En realidad, no quería saber de la niña, sino tener a quién contarle lo caro que se estaba poniendo el pescado o lo poco que había dormido esa noche. La mayor parte de las veces, la niña conseguía distraerla con sus ideas infantiles, describiéndole cómo era el cielo desde su balcón o preguntando si en Navidad harían juntas los pestiños. Sin embargo, en otras ocasiones, Matilde la miraba sin verla, como si estuviese ida, y le hablaba de su difunto marido, al que, unos días, atribuía una muerte heroica ("Jacinto era un gran hombre", decía, henchida de orgullo) y, otros, un fallecimiento por despiste ("Jacinto andaba siempre en la luna", concluía cuando quería hacer pagar al esposo que se hubiese muerto sin ella). Ante esas luctuosas peroratas, la niña callaba y, con su sabia intuición de niña, se preguntaba si a Jacinto le gustaría estar ausente de aquella vida rutinaria. Después de todo, la ausencia era como un cristal bien limpio: siempre se veía desde ambos lados. 

miércoles, 28 de octubre de 2020

 ESCALERAS DE LA INFANCIA (I)

Cuando las escaleras dejaron de ser protagonistas para convertirse en escenario, siguieron reclamando su importancia. Al menos, para la niña, que, si se aburría en casa, salía al descansillo a hablar con quien bajase o subiese; igual le daba parar a quienes iban en un sentido o en otro. No hacía falta ninguna fórmula de cortesía, bastaba una palabra para que Engracia, la del tercero, se detuviera un momento al oírla, y le regañara por ensuciarse la ropa sentándose en un escalón, o bien, Felipe, el del quinto, le preguntara si no tenía nada mejor que hacer. La niña era zalamera y curiosa, una conjunción a la que difícilmente podían resistirse la mayoría de los vecinos, de modo que, casi siempre, le daban un rato de conversación. Hasta que, repentinamente, la niña recordaba que había dejado algo por hacer o desde el interior de la vivienda, le llegaba la voz de su madre, siempre dispuesta para añadir un encargo a otro, sumando tardes y mañanas de sábado, tirando del calendario hasta que la niña creciera y fuera ella quien se ocupara de la madre. Porque así eran las escaleras: los que subían, bajaban.

Continuará...

jueves, 11 de junio de 2020

EL PARQUE Y LA MAMPARA

Estábamos sentadas en el parque. Hacía una de esas mañanas luminosas, de cielos azules y nubes blancas y esponjosas, que han inspirado a tantos poetas. Un rayo de sol te atravesaba el pelo y dormitabas plácidamente. Tu tiempo estaba detenido, sin expectativas ni obligaciones que cumplir; el mío esperaba en la puerta, severo, pero a raya, porque sé bien cuáles son mis prioridades.
Éramos felices las dos, de ese modo incomprensible en el que lo somos cuando todo está perdido, cuando se han entregado las armas y, sin embargo, hay un reducto o una alameda en la que sentarse con las manos cogidas a ver revolotear los pájaros, mientras se aguarda el veredicto.
"Vendré el sábado", te dije, pretendiendo poner en ti una ilusión infantil, marcar en el calendario una fecha, ahora que todos los días parecen el mismo. Y nos dimos un beso: el mío, puesto como un sello en tu frente; el tuyo, un poco titubeante, pero todavía reconocible. Te miré después y, a pesar de todo, me dije que debía dar las gracias, porque estabas bien atendida y podíamos pasar tiempo contigo casi todos los días. Quise que esa serenidad no se acabara, que el final fuese esa foto fija.
Han pasado tres meses en los que las videollamadas han hecho imposible mantener el hilo que nos unía, que te sostenía. Ahora, en el triste encierro de una habitación, separadas por un cristal, mascarillas, bata y guantes, es imposible traerte de vuelta. Estás pálida y ausente, más aislada de lo que hayamos podido estarlo los demás durante el confinamiento. Estás ahí, pese a las muertes que ha habido en todo el país y al abandono miserable de las residencias de mayores. La solidaridad con las víctimas y sus familiares no impide sufrir porque ya no eres tú.
Me siento a pensar si hemos aprendido algo, si nuestras prioridades cambiarán. Tengo dudas: ya se puede hacer deporte, reuniones familiares y ocupar las terrazas de los bares; sin embargo, tú sigues resguardada entre muros y mamparas, lejos de la luz del sol y del cariño de tus hijos. A salvo de la muerte y de la vida.

lunes, 25 de mayo de 2020

¿ME ESTÁS ESCUCHANDO?

La normalidad no era tan maravillosa. Cuando hablamos de volver a ella hemos olvidado las jornadas maratonianas: madrugar, atender el trabajo, los hijos, la casa, llenar la nevera, ver a los abuelos los fines de semana, estar con los amigos, no perderse el último estreno de cine...Cada una de estas actividades llevaba consigo desplazamientos en coche, con los consiguientes atascos y nervios, desavenencias por quién y cuándo va adónde y, especialmente, convertía en igual de importantes a todas ellas. El confinamiento ha demostrado que no era así. Tocaría ahora reasignar el orden de prioridades; comprender que dedicar tiempo a los hijos (¿cuántas veces pensábamos en otra cosa mientras uno de nuestros hijos nos decía "mamá, ¿me estás escuchando?"), a la pareja (¿cuántas veces pensábamos en otra cosa mientras nuestra pareja nos decía "cariño, ¿me estás escuchando?") y a nuestros mayores (tan necesario ese diálogo entre generaciones) es abrir una vía de enriquecimiento personal a través de los cuidados. Deberíamos haber aprendido ya que cuidarnos nosotros y a quienes nos rodean es la base de una sociedad más próspera. Siempre y cuando, claro está, el concepto de prosperidad no lo dicten los mercados.
Por ejemplo, hemos descubierto en este tiempo de reclusión en casa que la cultura es mucho más que entretenimiento, es conexión con el pensamiento y emoción de los demás, una ventana hacia el mundo exterior que nos demuestra que no estamos solos.
Pasar un rato al aire libre se ha convertido en un lujo y, sin embargo, era (sigue siendo) necesario para nuestro equilibrio emocional y para mantenernos en relación con las fuerzas de la naturaleza que mueven el planeta y a las que nos hemos empeñado en enfrentarnos, en lugar de buscar la armonía con ellas.
Ahora nos toca volver, pero a nosotros mismos; cultivarnos, recuperar la conciencia de que formamos parte de una misma civilización, que el individualismo está poniendo en riesgo. Porque si perdemos el sentido del bien común, de que las acciones individuales afectan en mayor o menor medida a los demás, todo lo bueno que hemos construido se perderá.

miércoles, 20 de mayo de 2020

LA CABAÑA SIN CONEXIÓN

Síndrome de la cabaña es el nombre que los expertos dan a la falta de deseo por abandonar el confinamiento. Al parecer, se están dando casos frecuentes de personas que no quieren salir de sus casas, ni siquiera en los horarios establecidos ni para las actividades permitidas. El estrés, el ruido, las prisas, la angustia por "llegar tarde donde nunca pasa nada" (aquella canción de Serrat), ha quedado fuera de los muros de la vivienda, mientras, en el interior, la vida parece suspendida. Es una sensación de amparo y tranquilidad, que dice mucho del tipo de vida que habíamos llevado antes de la pandemia, sin tiempo para lo verdaderamente importante. Reencontrarse con uno mismo; poner en orden, no solo los altillos, sino también nuestros afectos y nuestras prioridades, pueden haber causado un efecto muy positivo.
Pero también, nos ha permitido comprender que los mayores son un reflejo de lo que seremos (si llegamos), la etapa más dura de la vida, no el resultado de un desecho; que los hijos son una responsabilidad nuestra y que en la escuela se forman, pero deben educarse en casa; que los vecinos, con sus martillos y el volumen de su televisor, no son tan distintos a nosotros; que conciliar el teletrabajo con los estudios de los hijos sin un ordenador en casa no resulta nada cómodo. Saber, en fin, que todos tenemos frustraciones y esperanzas, y derecho a lidiar con unas y alimentar las otras. Somos, en definitiva, una infinita variedad de emociones, preocupaciones y errores, y (como si fuera el cuento de Aladdín) hemos regresado a la lámpara (más pequeña o más grande), con la oportunidad de pulirnos, pero también, de darnos cuenta de que estábamos enganchados al tren de la vida por los pelos.

En cada una de las cabañas que componen nuestras ciudades, seguimos luchando por no quedarnos atrás en un mundo que está dispuesto a expulsarnos a la más mínima oportunidad.







jueves, 14 de mayo de 2020

Elvira Lindo. A corazón abierto

ELVIRA LINDO. A corazón abierto. Seix Barral.

En una historia bien contada (como esta) caben muchas historias. De modo que, cuando la autora afirma que quería escribir sobre la relación de sus padres, escribe también sobre las relaciones de pareja en los años sesenta, cómo se forjó la clase media, el esfuerzo y el tesón de los que se quedaron en la posguerra y dieron vida al país. 
La novela refleja la mirada comprensiva de una adulta a la niña que fue, la que experimentó la enfermedad y muerte de su madre a temprana edad y, mientras comenzaba su vida independiente, sufría el inevitable distanciamiento que supone crecer. 
A lo largo de la novela, Elvira Lindo contempla los miedos y debilidades de un hombre que ocultó a su familia las heridas de la infancia para proporcionarles una vida feliz.
Con humor y personajes entrañables, la autora nos ofrece una mirada curiosa hacia sus progenitores, pero también, un ejercicio de reconciliación con el pasado.

miércoles, 4 de marzo de 2020

POBREZA CONTAGIOSA

La pobreza se contagia, según enseñan los manuales de supervivencia. 
En la sociedad actual, carece de sentido que los pobres de la Tierra se unan para alcanzar un mundo mejor y, al propio tiempo, demostrar a quienes más tienen, que es necesario repartir la riqueza y que "ser uno de los desfavorecidos" no es cuestión de mala suerte, sino el fruto de unas estructuras que impiden el paso a quienes menos tienen, privándoles de oportunidades educativas, laborales, etc. Nadie apuesta por cambiar el mundo, por poner sensatez y humanidad en esta selva en la que lo hemos convertido. No se lucha para que haya agua para todos, sino por estar lo más cerca posible de la fuente, impidiendo que otros se acerquen.
En la pobreza existe una escala, como nos han enseñado desde Grecia en estos últimos días,
y nadie quiere bajar un escalón, aunque se trate de ayudar al prójimo. No sirve de nada pertenecer a esa vieja ilusión llamada Europa, puesto que también sus instituciones parecen apostar por sus propios pobres, dando la espalda a los demás.  No todos pueden llamarse pobres europeos, esa etiqueta está reservada.
Al viejo dicho "Siempre ha habido ricos y pobres", habría que añadir que nunca tantas clases de pobres como ahora.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

ESPERANZA Y UN TROZO DE PAPEL


Hay nuevos pueblos bonitos en España (según una reciente publicación, son quince); no se sabe si se han sometido a algún tipo de restauración o acaban de ser descubiertos. Alguien sin nada mejor que hacer ha publicado un estudio (¡madre mía, cuánto estudio innecesario!) aseverando que hay personas que han dejado de ducharse a diario. No hacía falta ningún estudio, bastaba con usar el transporte público con frecuencia o hacer cola en cualquier oficina bancaria o de correos. Tenemos espías en el siglo XXI, mujeres rubias, altas, que usan tacones de quince centímetros y se dejan entrevistar tranquilamente, mientras hablan de su último cliente, un productor de fama mundial que va a sentarse en el banquillo acusado de violación. Lo que no tenemos todavía es Gobierno; al más puro estilo de una comedia de enredo, entran y salen de una habitación, se hacen fotos, anuncian posturas enconadas y, al día siguiente, acercamientos sobre no se sabe qué extremos. Debe ser muy dura la vida de un político, haciendo todo lo posible por convencer a sus votantes de que lo prometido no es ninguna deuda, sino un lastre que no podrá cumplir, una legislatura más.
Los periódicos digitales no traen ninguna otra noticia de "interés"; tendré que esperar al domingo para ver las lágrimas de los premiados en la lotería de Navidad y la cara de circunstancias de aquellos que no compraron, pero se dejan mojar por el champán una fría mañana de diciembre. Al menos, ellos han sabido mantener la esperanza en un trocito de papel.

lunes, 2 de diciembre de 2019

LUIS LANDERO O LAS PALABRAS INOCENTES


LLUVIA FINA. LUIS LANDERO. Tusquets Editores
A Gabriel se le ocurre celebrar el 80 cumpleaños de su madre invitando a cenar a las dos hermanas, Sonia y Andrea, con sus respectivas parejas, además del ex marido de Sonia, con quien la madre siempre mantuvo una excelente relación. La idea de Gabriel de recomponer las maltrechas relaciones familiares se ve muy pronto asaltada por numerosos inconvenientes y la nula colaboración de sus hermanas, que se encargan de ilustrarnos sobre todo tipo de desventuras con las que justifican su falta de interés en el encuentro. Aurora, esposa de Gabriel, se convierte en la destinataria de las confesiones de las dos hermanas, que la hacen partícipe de sus decepciones y de su particular visión sobre la historia familiar. Además, Aurora es la depositaria de las esperanzas de Gabriel, a quien intenta advertir de que es mejor dejar las cosas como están.
Desde el inicio, advierte el autor de que “las historias y las palabras no son nunca inocentes”, que “los relatos no son inofensivos”. Estas premisas sirven tanto para el puzle de narraciones que va haciendo cada personaje sobre sí mismo y sobre los demás, cuanto para ser aplicada a la novela en su conjunto. Porque la apariencia sencilla de la narración esconde una mirada amarga hacia las relaciones personales, la imposibilidad de comunicar, a pesar del abuso de la palabra, que sirve para defenderse y para herir, ocultando los verdaderos sentimientos.
            Landero ha introducido personajes oscuros, con comportamientos casi patológicos, que buscan justificar sus actos, encontrando en el personaje de Aurora, a la perfecta confidente, que parece comprenderles sin criticarles (lo que son incapaces de hacer unos respecto de otros).
            Escrita con el habitual estilo preciso del autor, capaz de concentrar en una frase todo el detalle y la profundidad psicológica de los personajes, en esta ocasión, los lleva al extremo, sin reservar un resquicio para la esperanza.



miércoles, 4 de septiembre de 2019

SEPTIEMBRE PEREZOSO


La sombrilla y dos hamacas aún ocupan un lugar en el patio, esperando, remolonas, que, en cualquier momento, volvamos a tomarlas. Siempre nos decimos que septiembre es un buen mes para escaparse entresemana a la playa; pero los días han adquirido la tonalidad distinta de ser laborables, y nos convertimos en niños obligados a decir adiós a algo muy querido: alargamos la mano, contorsionamos el cuerpo y, aún así, no llegamos. De modo que aquí estamos de nuevo, frente al ordenador, tecleando sin saber en qué momento consumimos la vida que habíamos aguardado durante todo un año. Colocamos la mejor puesta de sol playera como fondo de pantalla y contamos anécdotas a quien nos devuelve las suyas propias con nostalgia. 
Ese tiempo se ha acabado y ahora septiembre ronronea y se despereza entre unos recuerdos que, como suele ocurrir, son más maravillosos que todo lo que hemos vivido.

Seguro que el próximo año volveremos a disfrutar el mejor verano.

jueves, 14 de febrero de 2019


TIEMPO DE AMOR

            Afuera arrecia el viento y las hojas alfombran las calles, incomodando a los escasos transeúntes. La radio habla sin cesar de inestabilidad en cualquier parte del mundo y los datos de las economías domésticas siguen siendo desalentadores. Todo se parece bastante a un túnel que nunca se acaba, desde el que, de vez en cuando, se divisa una luz. A veces, se aproxima, y es alguien con una sonrisa o una palabra amable.

            Todo se construye desde el corazón. “Si no tengo amor, no soy nada”, que decía San Pablo. El cimiento más firme es el amor, pero lo hemos convertido en un guinda, algo que corona, que adorna; un buen reclamo comercial para un tiempo de miedo e incertidumbre, en el que se espera que nos aferremos a lo que podemos comprar, en lugar de cultivar lo que hay en nuestro interior.

            El camino está lleno de distracciones que se confunden con la vida, convertida en una interminable calle peatonal, llena de escaparates luminosos, cuyas exhibiciones mudan cada mes, cada temporada, cada fecha señalada. Importa mucho más quién nos acompañe y nos tome de la mano con el corazón.       

           

jueves, 31 de enero de 2019


El dolor de los demás o la honestidad del autor.

Ficha técnica.

Autor: Miguel Ángel Hernández. (Murcia 1977)

Editorial: Anagrama. 305 páginas.

Sinopsis: Año 1995. Es Nochebuena en la huerta murciana, donde vive el autor, apenas un adolescente. La hija de sus vecinos aparece asesinada en su propia casa. Posteriormente, el hermano y amigo del autor, aparece sin vida tras haberse tirado por un barranco. La investigación concluye que fue el hermano quien asesinó a la hermana, para, posteriormente, quitarse la vida. La causa nunca llegó a desvelarse.

            Veinte años después, el autor regresa a la huerta para narrar aquel episodio de su pasado. Hacerlo significa sumergirse en recuerdos agradables y en otros dolorosos que ahora cobran nuevo sentido con la mirada del presente. A lo largo de la narración, el autor se cuestionará su derecho a inmiscuirse en el dolor de otras personas.

            Hermosa y nostálgica reconstrucción de una parte de la historia de nuestro país en los años noventa, que constituye una conmovedora reflexión acerca de la razón de escribir y los límites para hacerlo.

Comentario personal:

            Demasiado acostumbrados a artificios literarios que introducen al lector en un espectáculo que –con frecuencia, no lo conduce a ninguna parte y, demasiado a menudo, no lo pone ante sí mismo–, “El dolor de los demás” es un relato de la vida real; un corto en el que seguimos al autor por un episodio doloroso de su adolescencia, que decide abrir en la edad adulta.

            Miguel Ángel Hernández quiere contar su dolor y acaba contando el dolor de los demás, obligado a enfrentarse a él para exponer la historia, partiendo de la huella que un crimen del pasado dejó en él, introduciéndose en el modo en el que lo vivió, descubre el dolor de los demás, la extraña comunidad que crea el dolor entre seres humanos.

            Cuando una relato comienza anunciando su contenido “esto es lo que voy a contar, y ya está, no hay más”, debemos sospechar que va a llevarnos mucho más lejos de lo que anuncia. Esa franqueza de la primera afirmación esconde un viaje hacia adentro, descarnado, cándido y amargo. Realizarlo es un imperativo para poner el pasado en su sitio, los recuerdos y los afectos truncados; pero, al mismo tiempo, irremediablemente, es una invasión del pasado de los demás, del tiempo y las experiencias compartidas.

El autor nos dibuja un retrato de la España de los años noventa, con la autenticidad de sus pueblos y el anonimato de sus ciudades, completando una narración conmovedora y sincera.

 

lunes, 14 de enero de 2019

TÚ TE QUEDAS AQUÍ


       Tras la valla del colegio, un grupo de niños mira a los transeúntes. Es una zona urbana residencial y, a esa hora, caminan con el carro de la compra o con el periódico bajo el brazo. Los seres humanos siempre nos movemos como si la vida fuera un inmenso aeropuerto; arrastramos los pies hacia allá o hacia acá con desgana o desilusión, hasta que el sonido de una voz por los altavoces nos obliga a reaccionar.

         Uno de los niños extiende los dedos entre los huecos que deja la malla de alambre. Es una mano inocente que pide. Da igual qué cosa sea, provoca en mí una sensación de desamparo de la que no sé salir. Siempre he pensado que cuando nuestra madre nos deja por primera vez en la escuela, dibuja para siempre esa intensa emoción de abandono que nos acompañará toda la vida y que se repetirá cada vez que no seamos aceptados o elegidos, ya sea en una oposición o en un baile.

         Por eso ahora, que te dejo en tu silla de ruedas en esta inmensa sala, y me dices que quieres marcharte conmigo, reprimo las lágrimas al responderte: “Tú te quedas aquí”.

lunes, 10 de diciembre de 2018


NO VUELVAS A CASA POR NAVIDAD

       De entre los muchos anuncios, mensajes y memes que recibimos en estas fechas, quiero destacar tres: con la imagen del personaje de una conocida serie, se nos advierte de que estemos preparados para la avalancha de mensajes con los buenos deseos de personas que no se acuerdan de nosotros en todo el año. En otro, se nos hace ver el poco tiempo que dedicamos a nuestros seres queridos, que, calculado con frialdad provoca lágrimas. En tercer lugar, hay uno que nos muestra qué poco sabemos los unos de los otros.
     Sin embargo, es a la Navidad, como tiempo de encuentro y de celebración, al período del año al que más atención se le presta. Es en él cuando esperamos que regresen los familiares que están lejos, cuando preparamos la casa y nos acordamos de ese detalle que tanto gusta a nuestros seres queridos. ¿Qué está ocurriendo, entonces?
     En primer lugar, el consumismo pervierte nuestros buenos deseos, porque acaba confundiéndolos con un menú concertado, un regalo bien envuelto y ese traje que hace un año que no te pones; desde la última Navidad, precisamente. Hemos convertido esta época en una carrera de fondo para llegar a muchas mesas en las que ni se departe ni se comparte, sino que se come, uniendo nuestra insatisfacción a la de aquellos que nos rodean. No sé si es triste o grotesco; pero debería tener remedio.
   No vuelvas a casa (no llames, no pongas mensajes, no regales...) por Navidad, sino porque lo desees. Y aprende a desear las cosas desde el corazón, no desde la imagen de una campaña publicitaria.

lunes, 22 de octubre de 2018

NO ES RENTABLE, YA LO SÉ

 


            A la mayoría de las demandas ciudadanas el político responde con una proposición de ley (que luego se apruebe y cuál sea su contenido específico es otra cosa). Las más reclamadas son las leyes de orden penal, aquellas que se aplican cuando el comportamiento reprobable ya se ha cometido y poco o nada pueden hacer estas normas para evitarlo; sin olvidar, que el Derecho Penal debe ser el último recurso para intervenir.
         Con una ley parece que todo el mundo queda satisfecho, pero, a menudo, el problema no se resuelve. Una ley no puede cambiar mentalidades y, según vemos a diario, ni siquiera la posibilidad de ser sancionados disuade a muchos de cometer infracciones.
      Hace falta un compromiso serio con el bien común, convertir en valores ineludibles el respeto, así como la protección y ayuda al más débil, porque la sociedad en la que vivimos convierte en más fuerte a quien más poder tiene (económico, político, militar, etc.), y, de un modo u otro, todos llegamos a sentirnos oprimidos en alguna ocasión.
            El sentido común y la educación en valores morales libran un dura batalla con la demagogia y la rentabilidad que se exige a cada ciudadano, convertido en consumidor antes que en ser humano; pero, por más que suene grandilocuente, está en juego la subsistencia del planeta y de todas las especies que habitamos en él.  Aprender a conservarlo y cuidarlo no se ajusta a las leyes del mercado, lo sé, pero es nuestro deber.