jueves, 8 de febrero de 2018

La cabeza en el armario


–¡Mamá, me voy!–gritó desde la planta baja.

            Inmediatamente, oí cómo se cerraba la puerta.

            Tenía la cabeza metida en el armario, buscando ese bolso de verano que tanto le gustaba y que me negaba a prestarle hasta que yo misma no lo estrenara. Nunca encontré una ocasión apropiada para hacerlo; ya no la habrá.

            No le respondí. Es verdad que podía haberlo hecho, aunque mi voz le hubiese llegado amortiguada por el piso que nos separaba y por la ropa que envolvía mi cabeza, pero, secretamente, la culpaba de la desaparición del bolso y sancioné con mi silencio la supuesta falta.

            No sé cuánto tiempo pasé hurgando entre mis objetos personales, mal guardados; como me ocurría siempre en el cambio de temporada, acababa tan cansada que había cosas que arrinconaba al fondo del armario para otro momento, que nunca llegaba. Por siempre, ese tiempo sería el terreno abonado para la culpa y el remordimiento. Muchas veces desde entonces me he repetido que podía haberla detenido en su marcha para preguntarle cualquier nimiedad o pedirle que se quedara a ayudarme el tiempo suficiente para que aquel coche pasara de largo. Nunca lo sabré, pero nadie podrá convencerme de que una madre no tiene influencia en el destino de su hija; me niego a pensar que la traje al mundo como si la hubiese expulsado a un agujero negro en el universo, expuesta a todos los males y, sin embargo, así ha sido.

            A partir de ese día, no hago más que transitar por un camino de sombras, como si mi cabeza no sólo no hubiese salido del armario, sino que estuviese encerrada en él bajo llave.

                       

martes, 16 de enero de 2018

Alejandra

 

Se llamaba Alejandra. Todas las mañanas temprano caminaba cerca de la carretera desde su casa a la parada del autobús, en el que llegaba a su instituto. Llevaba al hombro su mochila, en la mano un cuaderno, seguramente, para ir repasando, y los auriculares puestos.

El lunes no llegó al instituto, ni siquiera alcanzó la parada del autobús. Un conductor la atropelló y la mató, dejándola tirada junto a la carretera. Nada se pudo hacer por salvarle la vida.

Gracias a la colaboración ciudadana, se localizó al individuo y se le detuvo, ya subido a un avión para marcharse cobardemente a Buenos Aires, lejos de la horrible tragedia que sus actos habían provocado. Su nombre no importa, es necesario olvidarlo cuanto antes, borrarlo de la faz de la tierra.

El de ella era Alejandra; hay un asiento vacío en el autobús, en su aula, en la mesa de su casa y en la de estudios de su habitación. Pero ha dejado un reproductor de música, una mochila y un cuaderno. Alguien tan joven que deja ese legado en este triste mundo merece ser recordada siempre.